Sapientia contra scientia: El giro humanista en el De ignorantia de Petrarca.

 CONGRESO NACIONAL DE HUMANISTAS III CONGRESO NACIONAL DE HUMANISTAS "DUALIDADES DEL HUMANISMO" Sevilla, 16-17 de octubre de 2025



Sapientia vs Scientia. El giro humanista en el De sui ipsius et multorum ignorantia de Petrarca

La Baja Edad Media marca un punto de inflexión en la historia intelectual europea. Las aportaciones de sus grandes pensadores reformularon la noción misma de sabiduría, sentando las bases de lo que cristalizaría después en el Renacimiento. Es también el momento en el que resurgen antiguas corrientes cientifistas impulsadas por los difusores de las traducciones aristotélicas de Averroes[1], quienes priorizaban el conocimiento empírico-científico frente al humanístico. Paralelamente y con la misma intensidad, se observa una revitalización de los clásicos latinos que experimentan un proceso de fusión sincrética con la cultura cristiana predominante, a la que enriquecen de forma significativa[2].

            Petrarca es uno de estos intelectuales prominentes que protagonizaron este momento histórico. El autor, conocido fundamentalmente por su producción poética en lengua vernácula italiana, reorienta su actividad literaria hacia el final de su trayectoria vital, dedicándose a la composición en latín y promoviendo la recuperación de los géneros literarios grecorromanos, en particular el género epidíctico o demostrativo en su vertiente de vituperio. En esta vertiente escribe una serie de invectivas, de carácter moral, dirigidas contra los científicos de moda y contra la instrumentalización perniciosa de una doctrina que estaba minando los fundamentos de la concepción antropológica integral del ser humano y demoliendo en su base lo que se consideraba fundamental en el cristianismo.

El tratado De sui ipsius et multorum ignorantia[3] es una de estas últimas obras capitales escritas en latín en la madurez del autor y constituye, en cierto sentido, la culminación de su pensamiento y la expresión más acabada de su programa espiritual.[4] Escrita en forma epistolar, la obra fue iniciada a una edad avanzada que el propio Petrarca describe como «provecta y fatigada» (I, 1), circunstancia que quizá propició tanto el balance existencial de su trayectoria vital como la formulación de postulados ciertamente audaces para el contexto espiritual de su tiempo. En ella el autor despliega con rigor y elocuencia su crítica al aristotelismo averroísta mientras delinea los fundamentos de la nueva sensibilidad intelectual que culmina en el Renacimiento.

Según el propio autor[5] , la obra fue iniciada en mayo de 1367 durante una travesía fluvial por el Po desde Venecia —ciudad de la que huía— hacia Pavía, donde había sido invitado por Galeazzo Visconti, y fue concluida en enero de 1371. Se conservan dos manuscritos: uno en la Staatsbibliothek de Berlín y otro en la Biblioteca Vaticana. El primero es la copia autógrafa que Petrarca envió a su amigo Donato Albanzani, Donato de los Apeninos (Apenninigena), a quien dedicó la obra,[6] y evidencia un trabajo minucioso a través de sus numerosas enmiendas, añadidos y anotaciones marginales.

El detonante que impulsó a Petrarca a componer este opúsculo fue, según su propio testimonio[7], el profundo agravio que le causó el que unos individuos, admiradores del aristotelismo averroísta, a los que consideraba amigos[8] y con los que había mantenido en Venecia un trato cercano y cordial, sostuviesen que en realidad no era un hombre que mereciese el prestigio de que gozaba[9] porque en asuntos científicos era un completo ignorante. A esta acusación, que se podría calificar como simplemente desafortunada y en principio indigna de réplica, otorga nuestro autor una importancia que parecería desmedida si solo se tratara de un ataque motivado por celos o envidias entre intelectuales. Sin embargo, la injuria revestía mayor trascendencia y Petrarca no se limita a refutarla, sino que se propone demoler desde sus cimientos un planteamiento doctrinal, el sostenido por los acusadores averroístas, que consideraba peligroso por fundamentarse en una concepción del hombre y de su destino que cuestionaba las raíces mismas del cristianismo.



Para ello, y por razones estratégicas, Petrarca no compone un tratado sistemático sino una carta de tono quejumbroso en la que se presenta como alguien que humildemente acepta su derrota. Bajo ese formato aparentemente deslavazado e insinuante despliega todos los recursos del buen polemista que dominaba con maestría, fruto de su profundo estudio de las técnicas del discurso epidíctico y de su experiencia previa en otras invectivas. Las invectivae[10] son la herencia medieval del discurso epidíctico que, durante el periodo medieval se cultivaron a través de las controversiae, ejercicios pedagógicos en los que los maestros presentaban a sus estudiantes casos legales o dilemas morales complejos para su debate. Petrarca conocía, apreciaba y respetaba las normas de este tipo de debates y procuraba que así lo hicieran sus lectores. Nuestro autor presupone, además, que sus lectores conocen sobradamente el asunto tratado y experimentan el mismo conflicto intelectual que él describe.

Esta elección formal responde también a su voluntad de distanciarse del método escolástico[11], tan sistemático y exhaustivo, al considerarlo heredero del modo aristotélico y más adecuado para la transmisión de conocimientos científicos que para exponer la sabiduría tal como él la concebía. Pero la razón fundamental es que, más que presentar un corpus doctrinal, le interesa llegar al corazón del lector: sabe que las técnicas retóricas —lo que él denomina 'elocuencia'— son las más aptas para suscitar en el receptor tanto un sentimiento favorable como una implicación moral. No faltaría tampoco la intención de aprovechar la ocasión para dar a conocer a los clásicos que había leído con entusiasmo —sobre todo Cicerón y San Agustín, pero también muchos otros— cuyas citas enriquecen considerablemente el tratado y de los que extrae una enorme cantidad de ejemplos[12].

Así pues, bajo esta técnica aparentemente casual, alusiva y dispersa, y valiéndose del formato epistolar, Petrarca ofrece un mapa conceptual sorprendentemente nítido que permite identificar los rasgos característicos de cada corriente de pensamiento. Así lo expone desde el comienzo mismo de la obra, cuando al dirigirse a su amigo explicita tanto la importancia que concede al tema como la justificación de su peculiar modo de abordar la polémica, apelando a una inquietud compartida por ambos.

8. ¿Cómo podría yo pensar que no le das importancia a aquello cuya relevancia tú mismo me has hecho ver? ¿A eso que en ti provocaba dolor y en mí solo risa y mofa? Te hablaré de cosas que conoces bien, no para redundar en lo sabido, sino para mostrarte mi manera de enfrentar la envidia cuando soy su objetivo, y así animarte a que reacciones de igual modo: que no te aflijan más las puñaladas dirigidas a otros que las lanzadas contra ti mismo. También quiero que conozcas las armas que empleo contra ella, cómo, tras un esfuerzo ingrato y la necesaria adaptación, he logrado volverme sordo y resistente ante sus ataques. [13]

Lo que hallamos en esta obra, por tanto, no es un mero choque de opiniones sobre cuestiones circunstanciales, sino el enfrentamiento entre dos concepciones radicalmente opuestas de la vida y del lugar que en ella ocupa el saber. Para un averroísta, es ignorante quien carece de scientia; para un humanista, quien carece de sapientia. Mientras el primero enfatiza constantemente lo que ya sabe, el segundo jamás considera suficiente su conocimiento.[14]


El averroísmo latino



Los seguidores del aristotelismo averroísta[15], destinatarios inmediatos de los ataques de Petrarca, sostenían como postulado fundamental la negación del intelecto como facultad personal e individual. Defendían, en cambio, la existencia de un único entendimiento —tanto agente como paciente— común a toda la especie humana. Según esta doctrina, la inteligencia se adquiere progresivamente mediante la interacción del individuo con el mundo circundante y debe actualizarse exclusivamente a través de la adquisición de conocimientos hasta alcanzar la scientia. En esta concepción, la consistencia ontológica del intelecto humano se equipara a la de la materia prima: una potencialidad pura que requiere ser actualizada por la forma —en este caso, el conocimiento— para alcanzar su plenitud[16] .

Esta concepción generaba consecuencias antropológicas de gran alcance. Si existe un único intelecto para toda la humanidad y el intelecto personal carece de entidad, el recién nacido se encuentra en un estado equiparable al del animal irracional. En esta lógica, es precisamente la ciencia la que opera la transformación del ser bruto en ser humano; por consiguiente, el hombre que carece de conocimientos científicos es un ignorante y permanece en una condición análoga a la de las bestias. De ahí la imperativa necesidad de colmar el potencial intelectivo para alcanzar la perfección intelectual. La perfección emerge como concepto clave para designar el logro de la etapa última: la plenitud del intelecto mediante la aprehensión de todos los inteligibles. Solo entonces el animal se transmuta plenamente en hombre. El ser humano nace por la ciencia, no por el nacimiento natural. La humanidad auténtica se conquista a través de la cultura, no se hereda por naturaleza. De ahí que las críticas a la perfección sean abundantes.

31. Pero me consuela saber que la imperfección formará parte de nuestra limitada naturaleza humana mientras transcurre este exilio de la vida mortal. Me imagino que esto es algo que le pasa a cualquier hombre inteligente bueno y sencillo: que aprende a conocerse a sí mismo y se consuela porque sabe por qué está tan limitado. Los que han estudiado mucho se dan cuenta de que saben poco, porque lo que pensaban que era un conocimiento amplio, cuando lo comparan con la realidad, ven en qué limitado espacio se encierra.

El Averroismo, como se lamenta en el parágrafo precedente cuando se dirige a su amigo, suponía una grave amenaza a la cultura predominante. El fenómeno se había instalado en los ambientes intelectuales más prestigiosos de la época. Profesores parisinos como Juan de Janduno[17] (1280-1328) y Marsilio de Padua[18] (c. 1275 - 1342-43) se aplicaban a sí mismos el apelativo de averroísta, de ahí las referencias de Petrarca a la famosa calle de la Paja (Straminum vicus), la célebre ‘rue de Fouarre’ que era el principal asiento de las aulas de la Sorbona medieval, situada a la derecha del Hôtel de la Ville, de la que también Dante habla en el Paraiso 10, 137: «Che leggendo nel Vico degli Strami, sillogizzo invidiosi veri».

 106. No voy a ocultar lo que en muchas ocasiones he manifestado a mis amigos y que ahora me veo obligado a consignar por escrito, a pesar de ser consciente del considerable riesgo que asumo: dañar mi propia reputación y proporcionar una prueba definitiva de la ignorancia de la que se me acusa. Lo escribiré, sin temer los juicios de estos hombres. No me importa que me escuchen todos los aristotélicos, dondequiera que se encuentren. Tú sabes lo fácil que les será escupir sobre este libro pequeño, extraño y solitario —porque se trata de gente a quien le gusta calumniar—; pero el propio libro encontrará un paño con el que limpiarse: y a mí me basta con que no me escupan. Y digo más: que me escuchen todos los aristotélicos, y— como Grecia es incapaz de entender nuestro modo de hablar —, que me escuchen los que están en Italia, en Francia, en la contenciosa ciudad de París y en la ruidosa calle de la Paja.



El averroísmo representaba para los cristianos de a pie un amenazante peligro porque podía erosionar la conciencia individual tanto de los intelectuales como del pueblo llano, por basarse en presupuestos materialistas, y por tener capacidad para fragmentar peligrosamente el conocimiento teórico, desconectándolo de la dimensión integral del ser humano como entidad espiritual y moral.

133. Cuanto más se atreve alguien a atacar nuestra fe, esa que ningún intelecto ni fuerza puede doblegar, más ingenioso y erudito se le considera. En contraste, quien la defiende con convicción y pasión es a menudo tachado de torpe e indocto. Piensan que quien profesa su fe es plenamente consciente de su ignorancia, y que su propósito no es otro que encubrirla bajo el ropaje de la religión. Como si sus fábulas no estuvieran plagadas de contradicciones, ambigüedades y vacíos sin sustancia. Parecen asumir que poseen un conocimiento certero sobre cuestiones complejas y misteriosas, cuando lo que realmente los define es la vaguedad de sus opiniones, siempre licenciosas y carentes de fundamentos sólidos. En verdad, el conocimiento que emana de la fe auténtica es el más profundo, cierto y pleno que existe, superando incluso al que nos ofrecen las ciencias. Al abandonarlo, no encontramos un camino, sino un callejón sin salida; no hallamos una meta, sino un precipicio. No construimos sabiduría, sino que nos adentramos en el terreno del error.

Dañaba además los fundamentos más básicos del cristianismo al negar la inmortalidad individual del alma y la verdad de la revelación. De ahí que insista en estos temas básicos una y otra vez:

33. Los seres humanos se deterioran: su fortuna, su reputación, toda su esencia mortal se desvanece inexorablemente. Incluso nuestra faceta inmortal, el espíritu, se debilita más allá de lo concebible, validando las palabras del filósofo cordobés: «Una vida demasiado larga consume hasta los espíritus más sublimes.»   Esto no implica que el ocaso del espíritu conduzca a su extinción, sino que culmina en su separación del cuerpo - esa disociación que percibimos y que el vulgo llama muerte, cuando en realidad es solo el fin de lo corpóreo, no del alma.

Para Petrarca, esta separación entre razón y espiritualidad constituía una fractura inadmisible en la búsqueda del saber auténtico, por ello, aun reconociendo la grandeza intelectual del Estagirita, desarrolla una crítica matizada pero contundente a la infalibilidad que le atribuían los averroístas de su época. Sobre todo, resalta la inadecuación de su método filosófico para abordar las cuestiones supremas relacionadas con la salvación del alma, especialmente sus teorías sobre la felicidad, tema que considera mal comprendido por el filósofo griego y mejor aprehendido por la sabiduría popular cristiana que por la especulación filosófica abstracta.

49. Yo considero a Aristóteles un hombre ilustre y sumamente sabio, pero, al fin y al cabo, un ser humano sujeto a limitaciones, por lo que deduzco que hay muchos temas transcendentales que probablemente jamás llegó a conocer. Y diré más —si me lo permiten estos dogmáticos que anteponen la tradición a la verdad—, creo firmemente, por Hércules, que Aristóteles cogió la senda equivocada al tratar de asuntos de poca importancia en los que cometer un error es algo nimio y poco peligroso. Y ese mismo proceder lo extendió a otras materias de suprema importancia, abordando cuestiones de tal magnitud que incluso atañen a la salvación del alma. Hay muchos pasajes de sus Éticas, si se me permite decirlo, en los que desarrolla su tratado sobre la felicidad y —que mis potenciales censores me perdonen— me atrevo a afirmar que Aristóteles ignoraba verdaderamente la esencia de la felicidad. Tan profundos eran sus errores que cualquier anciana devota, cualquier humilde pescador, pastor o labrador que viviera en la fe, sin perderse en laberintos intelectuales, alcanzaría una comprensión más certera.

Petrarca relata cómo, durante los debates aristotélicos con sus colegas, adoptaba una actitud escéptica e irónica, cuestionando las afirmaciones del filósofo que contradecían la razón y la experiencia. Sus amigos reaccionaban con indignación ante esta audacia, tratándolo como si blasfemara contra una autoridad sagrada. El humanista denuncia así la transformación de los intelectuales en meros "acólitos devotos" y "repetidores serviles" de una tradición que los había reducido a preguntarse obsesivamente "qué habría dicho él". Esta actitud servil, como observa citando a Cicerón, reproduce el mismo dogmatismo que caracterizaba a los seguidores de Pitágoras en la Antigüedad.

48. Solían mis amigos iniciar debates sobre los temas tratados por Aristóteles o sobre cuestiones relacionadas con los animales. Yo, por mi parte o guardaba silencio o a veces gastaba una broma o desviaba la conversación, mientras sonreía con ironía y cuestionaba cómo podría Aristóteles haber concebido algo que escapaba tanto a la razón como a la experiencia. Ellos reaccionaban con una mezcla de estupor y contenida indignación, mirándome como si profiriera una blasfemia por atreverme a cuestionar lo establecido por el filósofo. Era como si hubiéramos pasado de ser simples pensadores y amantes del conocimiento a convertimos en acólitos devotos, prisioneros de una tradición intelectual que nos había reducido a repetidores serviles, reviviendo aquella ridícula costumbre de preguntarnos únicamente: ‘qué habría dicho él’. Y este 'él', como señala Cicerón, no era otro que Pitágoras.



La sapientia postulada por Petrarca

En De ignorantia, Petrarca reitera en varias ocasiones una afirmación que, a primera vista, podría parecer paradójica: su preferencia por ser tenido por bonus antes que por litteratus[19].

140. Por lo que a mí respecta, no me importa ser considerado inculto, siempre y cuando se reconozca que soy un hombre bueno.

12. Con verdadero placer compartiría con ellos la herencia común de la madre naturaleza y la gracia celestial. Una herencia en la que a ellos les correspondiera la cultura, y a mí la bondad.

15. Si no me concedes fuerzas para conseguir otras cosas, al menos me otorgues las necesarias para ser una buena persona. Y eso solo podré alcanzarlo si te amo profundamente y te rindo un culto piadoso.

Esta aparente muestra de humildad —al presentarse como alguien dispuesto a aceptar críticas— constituye, en realidad, una respuesta contundente frente a uno de los postulados centrales de la scientia averroísta: la idea de que la perfección humana reside en la acumulación exhaustiva del conocimiento.

La crítica definitiva a la perfección se encuentra en el elogio a la moderación con el que Petrarca culmina su alegato, estableciendo una jerarquía epistemológica clara: el conocimiento humano posee limitaciones inherentes, mientras que la revelación divina trasciende las especulaciones de la filosofía antigua como vía auténtica hacia la salvación. Esta moderación virtuosa —accesible independientemente del nivel de erudición formal— encuentra su paradigma en la santidad, que demuestra cómo la sabiduría espiritual puede florecer al margen de la instrucción académica.

 150. Es innegable que el conocimiento humano no puede abarcarlo todo y que hay muchas cosas que nunca llegaremos a conocer. Por otra parte, la doctrina de la Academia con el paso del tiempo ha quedado superada y refutada y ha sido la revelación divina la que ha proporcionado las verdades fundamentales. Por ello nos basta con saber lo que nos ha sido revelado para alcanzar la salvación. Muchos sabios antiguos, a pesar de su extensa erudición, carecían precisamente de esta sabiduría fundamental y tal como declara el apóstol: «se ofuscaron en sus razonamientos, de tal modo que su corazón insensato quedó envuelto en ego v.»  En mi caso, aspiro a alcanzar esa moderación, virtud que puede cultivarse independientemente del nivel de instrucción que uno posea, como lo demuestra la multitud de santos de ambos géneros que, aun careciendo de educación formal, alcanzaron la santidad. Me sentiré dichoso si logro esta aspiración, aunque no lamento en absoluto haber dedicado mi vida al estudio. Y en cuanto a estos estúpidos lenguaraces que, en su ignorancia y arrogancia, se inflan buscando el reconocimiento ajeno, diría que son dignos de lástima y de compasión y que, si no me dieran risa me resultarían irritantes, especialmente cuando los contemplo enzarzados en debates sin fundamento que desde su inicio están abocados a la derrota. No envidio su vanidad ni su presunción infundada, y menos aún sus posesiones materiales, pues viven en un perpetuo estado de dispersión e inquietud, enajenados e incapaces de encontrar su verdadera identidad.



Precisamente en esta carencia de perfección intelectual —entendida según los parámetros averroístas— fundamentan sus detractores la acusación de ignorancia que le dirigen. Según la perspectiva de estos críticos, el prestigio como hombre erudito del que Petrarca goza, así como el favor que ha conquistado entre personalidades de gran reputación, no deriva de sus conocimientos científicos stricto sensu, sino de sus virtudes morales y de su pasión por los estudios históricos.

La distinción resulta particularmente significativa, pues la historia constituía para Aristóteles una disciplina que no alcanzaba el estatuto epistemológico de ciencia propiamente dicha, al carecer del rigor demostrativo y de la universalidad que caracterizan el saber científico auténtico.

12. Se han dejado guiar por mi fama, como los demás, y se han formado esa opinión porque mis costumbres son intachables, pero no por mi cultura; y que la amistad del príncipe se debe a su afición por el estudio de la historia y las hazañas pasadas, en lo cual reconocen que soy experto.

Un aspecto fundamental del disenso petrarquesco radica en su rechazo a la separación que la doctrina averroísta establece entre conocimiento auténtico y expresión elegante.

23. Lo último que denigraron fue mi forma de escribir, de la que dijeron que no se atrevían ni a despreciar ni a elogiar porque, aunque elegante y magnífica, aseguraban que no revelaba ningún conocimiento. Cómo pueden coexistir dos características tan contradictorias, yo no lo entiendo y ellos tampoco; y pienso que si recuperasen la cordura y reflexionasen sobre lo que han dicho, se avergonzarían por semejante desatino. Pues si su primera afirmación fuera cierta —lo cual no creo ni me interesa evaluar— la segunda resultaría sin duda falsa. ¿Cómo podría ser excelente el estilo de una persona ignorante, si ellos, que se consideran ignorantes, carecen por completo de estilo? ¿Hemos de abandonarlo todo al azar y renunciar a toda posibilidad de razonamiento?

La escisión entre razonamiento correcto y de la prosa refinada y clara, irrita sobremanera a nuestro autor.

11. Hoy se desprecia la elocuencia como si fuera una cualidad impropia de un hombre culto. Es más, en la actualidad solo se valora al filósofo que se expresa con torpeza, que balbucea ideas inconexas y que, como dice Cicerón[20], parece que se es más sabio cuando uno suspira o mueve de forma extraña las cejas. Se olvidan de que Platón era sumamente elocuente y de que Aristóteles, por mencionar un ejemplo, era afable y sencillo. De hecho, son estos mismos críticos quienes han propagado la idea de que era un pensador enigmático[21]. Con tal criterio, se distancian y siguen un camino opuesto al de su propio líder, argumentando que la elocuencia constituye un obstáculo y es una lacra para la filosofía. Sin embargo, Aristóteles mantenía una postura radicalmente diferente: consideraba la elocuencia un ornamento sublime y dedicó importantes esfuerzos a vincularla con la filosofía, motivado, según dicen, por el reconocimiento alcanzado por el orador Isócrates. [22]

Ante esta paradoja, el humanista despliega una refutación implacable: si la ignorancia y la carencia de estilo van necesariamente unidas —como sostienen sus críticos respecto a sí mismos—, resulta lógicamente imposible que un ignorante pueda alcanzar la excelencia expresiva. Esta argumentación ad absurdum no solo revela la inconsistencia teórica de sus adversarios, sino que defiende implícitamente la unidad indisoluble entre forma y contenido, entre elegancia estilística y profundidad intelectual.



El último punto que me gustaría destacar es la vinculación que establece Petrarca entre doctrina y mejora personal. Petrarca quiere ante todo llegar al corazón del hombre y no, como hemos dicho, a la perfección del hombre. Por eso reflexiona sobre las limitaciones intrínsecas del conocimiento humano, considerándolo insignificante tanto en comparación con la sabiduría divina como con nuestra propia ignorancia. Paradójicamente, sostiene que el verdadero autoconocimiento y la conciencia de las propias imperfecciones son mejor comprendidos por los más sabios.

En contraste, critica duramente a sus detractores, quienes se regocijan en sus errores y se envanecen de su ignorancia, creyéndose equiparables a la sabiduría angélica cuando ni siquiera han alcanzado los límites del saber humano. Para algunos de estos críticos, el déficit no es parcial sino total, careciendo completamente de la humildad intelectual necesaria para el verdadero conocimiento.

32. Por otra parte, me cuestiono cuál es la extensión y calidad de la capacidad de conocer que nos ha sido otorgada. Cuán poco vale el saber humano, sea el que sea, no ya comparado con la ciencia de Dios, sino incluso con la propia ignorancia. Me atrevo a afirmar que el conocimiento de sí mismo, el valor dado a las propias imperfecciones y el consuelo mencionado son mejor comprendidos por los más sabios e inteligentes. ¡Qué felices, sin embargo, se ponen mis jueces cuando se equivocan, pues ellos no necesitan el consuelo de la autocrítica! Se vanaglorian de su error e ignorancia, creyéndose que están al nivel de la sabiduría angélica, cuando en realidad ni siquiera han alcanzado la cumbre del conocimiento humano. A algunos les falta no ya poco, sino todo.



El diálogo que estableció Petrarca ente la sabiduría grecorromana y la tradición cristiana medieval fue el principal medio con el que enriqueció la apologética cristiana y deshizo los postulados del cientifismo averroísta traspasando así el ámbito del pensamiento teórico y enseñando lo que considera fundamental, cómo comportarse como un hombre bueno. Haciendo uso de una ironía mordaz que aprende de los clásicos como Cicerón o Salustio y de los apologistas cristianos como Agustín, cuestiona el ambiente cultural de su tiempo, empleando como recurso principal el desprestigio de sus interlocutores y reivindicando el papel de la antigüedad romana, la exaltación de la poesía y la elocuencia, la supremacía de la filosofía moral y la concepción de la piedad como fuente de verdadera sabiduría. De este modo y con sutil ironía, desarticula los fundamentos averroístas y cientificistas que sustentaban las acusaciones en su contra. Al rememorar los lugares en los que se forjaron sus convicciones intelectuales, menciona igualmente a personalidades destacadas cuya amistad cultivó y que influyeron en su desarrollo académico recalcando el respaldo que estos personajes de reconocido prestigio le brindaron. 

La ciudad de Venecia representa para él imagen de la decepción. Había imaginado, y así había escrito en la tercera de sus Epístolas Seniles, que Venecia sería la ciudad en la que, alejado de las instituciones académicas y de los círculos económicos, podría vivir, con tranquilidad, paz, libertad y justicia. Esta ciudad poderosa en fuerza, pero más en virtud, le permitía su trabajo de lectura, de escritura y de conversación que tanto le placía. Podría en ella gozar del tiempo, el silencio y el recogimiento que permiten cultivar el pensamiento, siguiendo la máxima de Cicerón en las Tusculanas (V, 38, 111): «Docto uiro, uiuere est cogitare». Este final tan desagradable parece haberle entristecido sobremanera y de ahí que haga extensivo a la ciudad el reproche dirigido a sus cuatro

Petrarca supo utilizar el género de las invectivas como un modo de dar a conocer sus propios valores morales e intelectuales. De hecho, él pasó a la posteridad mientras que sus oponentes fueron relegados al olvido. Una vez publicadas, sus invectivas ejercieron una influencia considerable en varias generaciones de humanistas. Tanto por su forma como por su contenido fueron fuero consideradas obras maestras dignas de imitación para la generación posterior.

Terminamos con un texto que lo resume todo:

18. La mayoría de estos datos son falsos, como se evidencia al traer los animales mencionados a esta parte del mundo. Y aunque no siempre sean imaginarios, lo cierto es que quienes hablan de ellos no los han visto personalmente, y cuando algo no se conoce de primera mano, las afirmaciones no pasan de ser meras creencias o simples inventos. Además, aun cuando todo lo que exponen fuera absolutamente cierto, este tipo de conocimiento carece de toda relación con la felicidad. Porque, ¿de qué sirve conocer tantos detalles sobre la naturaleza de bestias, aves, peces o serpientes, si ignoramos o menospreciamos el estudio de la naturaleza humana, si no nos interesa comprender para qué hemos nacido y hacia dónde nos dirigimos? 

 



[1]D. Boccassini .(2007). ‘I sogni di Aristotele e l'ombra di Dante: riflessioni sulla fenomenologia della visione nel De ignorantia di Petrarca. Italica, Vol. 84. No. 2/3:137-161.

[2] A. Beccari. (2016). ‘A eloquência do vernáculo na aurora do humanismo’. Estudos linguisticos e literarios, 55: 250-269.  

[3] Para evitar referencias repetidas, consultar la introducción y la bibliografía de Francesco Petrarca, De su ignorancia y la de muchos. Cypress, 2025.

[4] Petrarca: su vida, su obra, su tiempo (I) Francisco Rico. Conferencias en la Fundación Juan March. 11/01/2011. https://canal.march.es/es/coleccion/petrarca-su-vida-su-obra-su-tiempo-i-petrarca-su-vida-su-obra-su-tiempo-i-21975

[5] Conviene señalar que gran parte de lo que conocemos sobre Petrarca procede de su propia obra, lo cual exige cierta cautela crítica: sus referencias autobiográficas no siempre coinciden con datos externos y presentan ocasionales contradicciones. Cf. la conferencia citada de Francisco Rico y U. Dotti (1987 [1922]). Vita di Petrarca. Laterza, Bari: 392-393.

[6] La carta dedicatoria forma parte de las cartas Seniles (13, 5) y aunque falta en el autógrafo vaticano, precede regularmente a las antigua ediciones del De Ignorantia. Donato de los Apeninos (Apenninigena) es el gramático Donato Albanzani (ca. 1328–1411), nacido en Pratovecchio en la Toscana, profesor de humanidades en Rávena y Venecia y gran amigo de Petrarca. Tradujo De viris illustribus al italiano. Fue tutor de Nicolas III en Ferrara, donde murió.

[7] M. Ciusa (2024), ‘Petrarca: de hombre a nombre’. Alpha  58. http://dx.doi.org/10.32735/s0718-22012024000583577.

[8] Algunos manuscritos contemporáneos nos dan los nombres de los cuatro amigos: el soldado (miles) Leonardo Dandolo, el comerciante (simplex Mercator) Tommaso Talenti, el noble (simplex nobilis) Zaccaria Contrini y el médico (medicus physicus) Guido di Bagnolo.

[9] Bosch-Veciana, Antoni. (2013). ‘Les referències a Plató en el De sui ipsius et multorum ignorantia de Francesco Petrarca’. RCatT 38/2: 415-438.

[10] Marsh, D. Trad. (2008). Invectives. Francesco Petrarca. Harvard university press.

[11] Moreu, X. (1999). ‘Textos y contextos de una polémica: Petrarca y la escolástica (o los modernos)’. Medievalismo, 9. https://revistas.um.es/medievalismo/article/view/52491

Tubau Moreu, X. (1999). 'Textos y contextos de una polémica: Petrarca y la escolástica (o los modernos)'. Medievalismo, 9. https://revistas.um.es/medievalismo/article/view/52491

[12] Béhar, R. (2010). 'Petrarca y la restauración de la humanitas antigua: el fragmento y el sueño de la integridad perdida'. En P. Aullón de Haro (ed.), Teoría del humanismo. Madrid: Editorial Verbum, pp. 409-475.

[13] El texto en español de mi propia traducción (2025): Francesco Petrarca. De su ignorancia y la de Muchos. Cypress. 

[14] Gagliardi, A. (2006) ‘La scienza l’ignoranza la fede. De sui ipsius et multorum ignorantia’ Quaderns d’Italià 11.pp. 111-130.

[15] Borelli, M. (2012). ‘Quid ipsum vere sit quod loquuntur, ignorant: las críticas de Petrarca a la escolástica del siglo XIV’. Studium. Filosofía y Teología 30: 361-374.

[16] Herder Editorial. 'Averroísmo'. Encyclopaedia Herder.

 https://encyclopaedia.herdereditorial.com/wiki/Averro%C3%ADsmo.

[17] Riesco Terrero, J. (1960). ‘Juan de Janduno y el Gandavense. Luz sobre una controversia histórica’. Salmanticensis 7. 2. Pp. 331-343. https://doi.org/10.36576/summa.6432

[18] Bertelloni, C.  (2012). ‘La filosofía explica la revelación: sobre el “averroísmo político” en el Defensor Pacis de Marsilio de Padua’. Patristica et Mediaevalia XXXIII: 17-35.

https://ri.conicet.gov.ar/handle/11336/238020

 

[19] Tripet, A. (2004). Pétrarque ou la connaissance de soi (Études et essais sur la Renaissance, vol. 59), Paris.

[20] Cicerón, De Or. 2, 33, 144

[21]  Es frecuente esta crítica no a la filosofía de Aristóteles sino a sus traductores.

[22] Cicerón, De Or. 1, 2 y Tusculanas disputationes 1, 4, 7; Aristóteles Tópicos, 1, 2.


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