Sapientia contra scientia: El giro humanista en el De ignorantia de Petrarca.
Sapientia vs Scientia. El
giro humanista en el De sui ipsius et multorum ignorantia de Petrarca
La Baja Edad Media marca
un punto de inflexión en la historia intelectual europea. Las aportaciones de
sus grandes pensadores reformularon la noción misma de sabiduría, sentando las
bases de lo que cristalizaría después en el Renacimiento. Es también el momento
en el que resurgen antiguas corrientes cientifistas impulsadas por los
difusores de las traducciones aristotélicas de Averroes[1], quienes priorizaban el
conocimiento empírico-científico frente al humanístico. Paralelamente y con la
misma intensidad, se observa una revitalización de los clásicos latinos que
experimentan un proceso de fusión sincrética con la cultura cristiana predominante,
a la que enriquecen de forma significativa[2].
Petrarca
es uno de estos intelectuales prominentes que protagonizaron este momento histórico.
El autor, conocido fundamentalmente por su producción poética en lengua
vernácula italiana, reorienta su actividad literaria hacia el final de su
trayectoria vital, dedicándose a la composición en latín y promoviendo la
recuperación de los géneros literarios grecorromanos, en particular el género
epidíctico o demostrativo en su vertiente de vituperio. En esta vertiente
escribe una serie de invectivas, de carácter moral, dirigidas contra los
científicos de moda y contra la instrumentalización perniciosa de una doctrina que
estaba minando los fundamentos de la concepción antropológica integral del ser
humano y demoliendo en su base lo que se consideraba fundamental en el
cristianismo.
El
tratado De sui ipsius et multorum ignorantia[3] es una de estas últimas obras
capitales escritas en latín en la madurez del autor y constituye, en cierto sentido,
la culminación de su pensamiento y la expresión más acabada de su programa
espiritual.[4]
Escrita en forma epistolar, la obra fue iniciada a una edad avanzada que el
propio Petrarca describe como «provecta y fatigada» (I, 1), circunstancia que
quizá propició tanto el balance existencial de su trayectoria vital como la
formulación de postulados ciertamente audaces para el contexto espiritual de su
tiempo. En ella el autor despliega con rigor y elocuencia su crítica al
aristotelismo averroísta mientras delinea los fundamentos de la nueva
sensibilidad intelectual que culmina en el Renacimiento.
Según
el propio autor[5]
, la obra fue iniciada en mayo de 1367 durante una travesía fluvial por el Po
desde Venecia —ciudad de la que huía— hacia Pavía, donde había sido invitado
por Galeazzo Visconti, y fue concluida en enero de 1371. Se conservan dos
manuscritos: uno en la Staatsbibliothek de Berlín y otro en la Biblioteca
Vaticana. El primero es la copia autógrafa que Petrarca envió a su amigo Donato
Albanzani, Donato de los Apeninos (Apenninigena), a quien dedicó la obra,[6] y evidencia un trabajo
minucioso a través de sus numerosas enmiendas, añadidos y anotaciones
marginales.
El
detonante que impulsó a Petrarca a componer este opúsculo fue, según su propio
testimonio[7], el profundo agravio que
le causó el que unos individuos, admiradores del aristotelismo averroísta, a
los que consideraba amigos[8] y con los que había
mantenido en Venecia un trato cercano y cordial, sostuviesen que en realidad no
era un hombre que mereciese el prestigio de que gozaba[9] porque en asuntos
científicos era un completo ignorante. A esta acusación, que se podría
calificar como simplemente desafortunada y en principio indigna de réplica,
otorga nuestro autor una importancia que parecería desmedida si solo se tratara
de un ataque motivado por celos o envidias entre intelectuales. Sin embargo, la
injuria revestía mayor trascendencia y Petrarca no se limita a refutarla, sino
que se propone demoler desde sus cimientos un planteamiento doctrinal, el
sostenido por los acusadores averroístas, que consideraba peligroso por
fundamentarse en una concepción del hombre y de su destino que cuestionaba las
raíces mismas del cristianismo.
Para
ello, y por razones estratégicas, Petrarca no compone un tratado sistemático
sino una carta de tono quejumbroso en la que se presenta como alguien que
humildemente acepta su derrota. Bajo ese formato aparentemente deslavazado e
insinuante despliega todos los recursos del buen polemista que dominaba con
maestría, fruto de su profundo estudio de las técnicas del discurso epidíctico
y de su experiencia previa en otras invectivas. Las invectivae[10]
son la herencia medieval del discurso epidíctico que, durante el periodo
medieval se cultivaron a través de las controversiae, ejercicios
pedagógicos en los que los maestros presentaban a sus estudiantes casos legales
o dilemas morales complejos para su debate. Petrarca conocía, apreciaba y
respetaba las normas de este tipo de debates y procuraba que así lo hicieran
sus lectores. Nuestro autor presupone, además, que sus lectores conocen
sobradamente el asunto tratado y experimentan el mismo conflicto intelectual
que él describe.
Esta
elección formal responde también a su voluntad de distanciarse del método
escolástico[11],
tan sistemático y exhaustivo, al considerarlo heredero del modo aristotélico y
más adecuado para la transmisión de conocimientos científicos que para exponer
la sabiduría tal como él la concebía. Pero la razón fundamental es que, más que
presentar un corpus doctrinal, le interesa llegar al corazón del lector: sabe
que las técnicas retóricas —lo que él denomina 'elocuencia'— son las más aptas
para suscitar en el receptor tanto un sentimiento favorable como una
implicación moral. No faltaría tampoco la intención de aprovechar la ocasión
para dar a conocer a los clásicos que había leído con entusiasmo —sobre todo
Cicerón y San Agustín, pero también muchos otros— cuyas citas enriquecen
considerablemente el tratado y de los que extrae una enorme cantidad de
ejemplos[12].
Así pues, bajo esta técnica aparentemente
casual, alusiva y dispersa, y valiéndose del formato epistolar, Petrarca ofrece
un mapa conceptual sorprendentemente nítido que permite identificar los rasgos
característicos de cada corriente de pensamiento. Así lo expone desde el
comienzo mismo de la obra, cuando al dirigirse a su amigo explicita tanto la
importancia que concede al tema como la justificación de su peculiar modo de
abordar la polémica, apelando a una inquietud compartida por ambos.
8. ¿Cómo podría yo pensar
que no le das importancia a aquello cuya relevancia tú mismo me has hecho ver?
¿A eso que en ti provocaba dolor y en mí solo risa y mofa? Te hablaré de cosas
que conoces bien, no para redundar en lo sabido, sino para mostrarte mi manera
de enfrentar la envidia cuando soy su objetivo, y así animarte a que reacciones
de igual modo: que no te aflijan más las puñaladas dirigidas a otros que las
lanzadas contra ti mismo. También quiero que conozcas las armas que empleo
contra ella, cómo, tras un esfuerzo ingrato y la necesaria adaptación, he
logrado volverme sordo y resistente ante sus ataques. [13]
Lo
que hallamos en esta obra, por tanto, no es un mero choque de opiniones sobre
cuestiones circunstanciales, sino el enfrentamiento entre dos concepciones
radicalmente opuestas de la vida y del lugar que en ella ocupa el saber. Para
un averroísta, es ignorante quien carece de scientia; para un humanista,
quien carece de sapientia. Mientras el primero enfatiza constantemente
lo que ya sabe, el segundo jamás considera suficiente su conocimiento.[14]
El
averroísmo latino
Los seguidores del
aristotelismo averroísta[15], destinatarios inmediatos
de los ataques de Petrarca, sostenían como postulado fundamental la negación
del intelecto como facultad personal e individual. Defendían, en cambio, la
existencia de un único entendimiento —tanto agente como paciente— común a toda
la especie humana. Según esta doctrina, la inteligencia se adquiere
progresivamente mediante la interacción del individuo con el mundo circundante
y debe actualizarse exclusivamente a través de la adquisición de conocimientos
hasta alcanzar la scientia. En esta concepción, la consistencia
ontológica del intelecto humano se equipara a la de la materia prima: una
potencialidad pura que requiere ser actualizada por la forma —en este caso, el
conocimiento— para alcanzar su plenitud[16] .
Esta
concepción generaba consecuencias antropológicas de gran alcance. Si existe un
único intelecto para toda la humanidad y el intelecto personal carece de
entidad, el recién nacido se encuentra en un estado equiparable al del animal
irracional. En esta lógica, es precisamente la ciencia la que opera la
transformación del ser bruto en ser humano; por consiguiente, el hombre que
carece de conocimientos científicos es un ignorante y permanece en una
condición análoga a la de las bestias. De ahí la imperativa necesidad de colmar
el potencial intelectivo para alcanzar la perfección intelectual. La perfección
emerge como concepto clave para designar el logro de la etapa última: la
plenitud del intelecto mediante la aprehensión de todos los inteligibles. Solo
entonces el animal se transmuta plenamente en hombre. El ser humano nace por la
ciencia, no por el nacimiento natural. La humanidad auténtica se conquista a
través de la cultura, no se hereda por naturaleza. De ahí que las críticas a la
perfección sean abundantes.
31. Pero me consuela
saber que la imperfección formará parte de nuestra limitada naturaleza humana
mientras transcurre este exilio de la vida mortal. Me imagino que esto es algo
que le pasa a cualquier hombre inteligente bueno y sencillo: que aprende a
conocerse a sí mismo y se consuela porque sabe por qué está tan limitado. Los
que han estudiado mucho se dan cuenta de que saben poco, porque lo que pensaban
que era un conocimiento amplio, cuando lo comparan con la realidad, ven en qué
limitado espacio se encierra.
El
Averroismo, como se lamenta en el parágrafo precedente cuando se dirige a su
amigo, suponía una grave amenaza a la cultura predominante. El fenómeno se
había instalado en los ambientes intelectuales más prestigiosos de la época. Profesores
parisinos como Juan de Janduno[17] (1280-1328) y Marsilio de
Padua[18] (c.
1275 - 1342-43) se aplicaban a sí mismos el apelativo de averroísta, de ahí las
referencias de Petrarca a la famosa calle de la Paja (Straminum vicus), la
célebre ‘rue de Fouarre’ que era el principal asiento de las aulas de la
Sorbona medieval, situada a la derecha del Hôtel de la Ville, de la que también
Dante habla en el Paraiso 10, 137: «Che leggendo nel Vico degli Strami,
sillogizzo invidiosi veri».
106. No voy a ocultar lo que en muchas
ocasiones he manifestado a mis amigos y que ahora me veo obligado a consignar
por escrito, a pesar de ser consciente del considerable riesgo que asumo: dañar
mi propia reputación y proporcionar una prueba definitiva de la ignorancia de
la que se me acusa. Lo escribiré, sin temer los juicios de estos hombres. No me
importa que me escuchen todos los aristotélicos, dondequiera que se encuentren.
Tú sabes lo fácil que les será escupir sobre este libro pequeño, extraño y
solitario —porque se trata de gente a quien le gusta calumniar—; pero el propio
libro encontrará un paño con el que limpiarse: y a mí me basta con que no me
escupan. Y digo más: que me escuchen todos los aristotélicos, y— como Grecia es
incapaz de entender nuestro modo de hablar —, que me escuchen los que están en
Italia, en Francia, en la contenciosa ciudad de París y en la ruidosa calle de
la Paja.
El averroísmo
representaba para los cristianos de a pie un amenazante peligro porque podía
erosionar la conciencia individual tanto de los intelectuales como del pueblo
llano, por basarse en presupuestos materialistas, y por tener capacidad para fragmentar
peligrosamente el conocimiento teórico, desconectándolo de la dimensión
integral del ser humano como entidad espiritual y moral.
133. Cuanto más se atreve
alguien a atacar nuestra fe, esa que ningún intelecto ni fuerza puede doblegar,
más ingenioso y erudito se le considera. En contraste, quien la defiende con
convicción y pasión es a menudo tachado de torpe e indocto. Piensan que quien profesa
su fe es plenamente consciente de su ignorancia, y que su propósito no es otro
que encubrirla bajo el ropaje de la religión. Como si sus fábulas no estuvieran
plagadas de contradicciones, ambigüedades y vacíos sin sustancia. Parecen
asumir que poseen un conocimiento certero sobre cuestiones complejas y
misteriosas, cuando lo que realmente los define es la vaguedad de sus
opiniones, siempre licenciosas y carentes de fundamentos sólidos. En verdad, el
conocimiento que emana de la fe auténtica es el más profundo, cierto y pleno
que existe, superando incluso al que nos ofrecen las ciencias. Al abandonarlo,
no encontramos un camino, sino un callejón sin salida; no hallamos una meta,
sino un precipicio. No construimos sabiduría, sino que nos adentramos en el
terreno del error.
Dañaba además los
fundamentos más básicos del cristianismo al negar la inmortalidad individual
del alma y la verdad de la revelación. De ahí que insista en estos temas
básicos una y otra vez:
33. Los seres humanos se deterioran:
su fortuna, su reputación, toda su esencia mortal se desvanece inexorablemente.
Incluso nuestra faceta inmortal, el espíritu, se debilita más allá de lo
concebible, validando las palabras del filósofo cordobés: «Una vida demasiado
larga consume hasta los espíritus más sublimes.» Esto no implica que el ocaso del espíritu
conduzca a su extinción, sino que culmina en su separación del cuerpo - esa
disociación que percibimos y que el vulgo llama muerte, cuando en realidad es
solo el fin de lo corpóreo, no del alma.
Para Petrarca, esta
separación entre razón y espiritualidad constituía una fractura inadmisible en
la búsqueda del saber auténtico, por ello, aun reconociendo la grandeza
intelectual del Estagirita, desarrolla una crítica matizada pero contundente a
la infalibilidad que le atribuían los averroístas de su época. Sobre
todo, resalta la inadecuación de su método filosófico para abordar las
cuestiones supremas relacionadas con la salvación del alma, especialmente sus
teorías sobre la felicidad, tema que considera mal comprendido por el filósofo
griego y mejor aprehendido por la sabiduría popular cristiana que por la
especulación filosófica abstracta.
49. Yo considero a Aristóteles un hombre ilustre y
sumamente sabio, pero, al fin y al cabo, un ser humano sujeto a limitaciones,
por lo que deduzco que hay muchos temas transcendentales que probablemente
jamás llegó a conocer. Y diré más —si me lo permiten estos dogmáticos que
anteponen la tradición a la verdad—, creo firmemente, por Hércules, que Aristóteles
cogió la senda equivocada al tratar de asuntos de poca importancia en los que
cometer un error es algo nimio y poco peligroso. Y ese mismo proceder lo
extendió a otras materias de suprema importancia, abordando cuestiones de tal
magnitud que incluso atañen a la salvación del alma. Hay muchos pasajes de sus
Éticas, si se me permite decirlo, en los que desarrolla su tratado sobre la
felicidad y —que mis potenciales censores me perdonen— me atrevo a afirmar que
Aristóteles ignoraba verdaderamente la esencia de la felicidad. Tan profundos
eran sus errores que cualquier anciana devota, cualquier humilde pescador,
pastor o labrador que viviera en la fe, sin perderse en laberintos
intelectuales, alcanzaría una comprensión más certera.
Petrarca relata cómo,
durante los debates aristotélicos con sus colegas, adoptaba una actitud
escéptica e irónica, cuestionando las afirmaciones del filósofo que
contradecían la razón y la experiencia. Sus amigos reaccionaban con indignación
ante esta audacia, tratándolo como si blasfemara contra una autoridad sagrada.
El humanista denuncia así la transformación de los intelectuales en meros
"acólitos devotos" y "repetidores serviles" de una
tradición que los había reducido a preguntarse obsesivamente "qué habría
dicho él". Esta actitud servil, como observa citando a Cicerón, reproduce
el mismo dogmatismo que caracterizaba a los seguidores de Pitágoras en la
Antigüedad.
48. Solían mis amigos
iniciar debates sobre los temas tratados por Aristóteles o sobre cuestiones
relacionadas con los animales. Yo, por mi parte o guardaba silencio o a veces
gastaba una broma o desviaba la conversación, mientras sonreía con ironía y
cuestionaba cómo podría Aristóteles haber concebido algo que escapaba tanto a
la razón como a la experiencia. Ellos reaccionaban con una mezcla de estupor y
contenida indignación, mirándome como si profiriera una blasfemia por atreverme
a cuestionar lo establecido por el filósofo. Era como si hubiéramos pasado de
ser simples pensadores y amantes del conocimiento a convertimos en acólitos
devotos, prisioneros de una tradición intelectual que nos había reducido a
repetidores serviles, reviviendo aquella ridícula costumbre de preguntarnos
únicamente: ‘qué habría dicho él’. Y este 'él', como señala Cicerón, no era
otro que Pitágoras.
La sapientia postulada por Petrarca
En De ignorantia,
Petrarca reitera en varias ocasiones una afirmación que, a primera vista,
podría parecer paradójica: su preferencia por ser tenido por bonus antes
que por litteratus[19].
140. Por lo que a mí
respecta, no me importa ser considerado inculto, siempre y cuando se reconozca
que soy un hombre bueno.
12. Con verdadero placer
compartiría con ellos la herencia común de la madre naturaleza y la gracia celestial.
Una herencia en la que a ellos les correspondiera la cultura, y a mí la bondad.
15. Si no me concedes
fuerzas para conseguir otras cosas, al menos me otorgues las necesarias para
ser una buena persona. Y eso solo podré alcanzarlo si te amo profundamente y te
rindo un culto piadoso.
Esta
aparente muestra de humildad —al presentarse como alguien dispuesto a aceptar
críticas— constituye, en realidad, una respuesta contundente frente a uno de
los postulados centrales de la scientia averroísta: la idea de que la
perfección humana reside en la acumulación exhaustiva del conocimiento.
La
crítica definitiva a la perfección se encuentra en el elogio a la moderación
con el que Petrarca culmina su alegato, estableciendo una jerarquía
epistemológica clara: el conocimiento humano posee limitaciones inherentes,
mientras que la revelación divina trasciende las especulaciones de la filosofía
antigua como vía auténtica hacia la salvación. Esta moderación virtuosa
—accesible independientemente del nivel de erudición formal— encuentra su
paradigma en la santidad, que demuestra cómo la sabiduría espiritual puede
florecer al margen de la instrucción académica.
150.
Es innegable que el conocimiento humano no puede abarcarlo todo y que hay
muchas cosas que nunca llegaremos a conocer. Por otra parte, la doctrina de la
Academia con el paso del tiempo ha quedado superada y refutada y ha sido la
revelación divina la que ha proporcionado las verdades fundamentales. Por ello
nos basta con saber lo que nos ha sido revelado para alcanzar la salvación.
Muchos sabios antiguos, a pesar de su extensa erudición, carecían precisamente
de esta sabiduría fundamental y tal como declara el apóstol: «se ofuscaron en
sus razonamientos, de tal modo que su corazón insensato quedó envuelto en ego
v.» En mi caso, aspiro a alcanzar esa
moderación, virtud que puede cultivarse independientemente del nivel de
instrucción que uno posea, como lo demuestra la multitud de santos de ambos
géneros que, aun careciendo de educación formal, alcanzaron la santidad. Me
sentiré dichoso si logro esta aspiración, aunque no lamento en absoluto haber
dedicado mi vida al estudio. Y en cuanto a estos estúpidos lenguaraces que, en
su ignorancia y arrogancia, se inflan buscando el reconocimiento ajeno, diría
que son dignos de lástima y de compasión y que, si no me dieran risa me
resultarían irritantes, especialmente cuando los contemplo enzarzados en
debates sin fundamento que desde su inicio están abocados a la derrota. No
envidio su vanidad ni su presunción infundada, y menos aún sus posesiones
materiales, pues viven en un perpetuo estado de dispersión e inquietud,
enajenados e incapaces de encontrar su verdadera identidad.
Precisamente
en esta carencia de perfección intelectual —entendida según los parámetros
averroístas— fundamentan sus detractores la acusación de ignorancia que le
dirigen. Según la perspectiva de estos críticos, el prestigio como hombre
erudito del que Petrarca goza, así como el favor que ha conquistado entre
personalidades de gran reputación, no deriva de sus conocimientos científicos stricto
sensu, sino de sus virtudes morales y de su pasión por los estudios
históricos.
La
distinción resulta particularmente significativa, pues la historia constituía
para Aristóteles una disciplina que no alcanzaba el estatuto epistemológico de
ciencia propiamente dicha, al carecer del rigor demostrativo y de la
universalidad que caracterizan el saber científico auténtico.
12.
Se han dejado guiar por mi fama, como los demás, y se han formado esa opinión
porque mis costumbres son intachables, pero no por mi cultura; y que la amistad
del príncipe se debe a su afición por el estudio de la historia y las hazañas
pasadas, en lo cual reconocen que soy experto.
Un
aspecto fundamental del disenso petrarquesco radica en su rechazo a la
separación que la doctrina averroísta establece entre conocimiento auténtico y
expresión elegante.
23.
Lo último que denigraron fue mi forma de escribir, de la que dijeron que no se
atrevían ni a despreciar ni a elogiar porque, aunque elegante y magnífica,
aseguraban que no revelaba ningún conocimiento. Cómo pueden coexistir dos
características tan contradictorias, yo no lo entiendo y ellos tampoco; y
pienso que si recuperasen la cordura y reflexionasen sobre lo que han dicho, se
avergonzarían por semejante desatino. Pues si su primera afirmación fuera
cierta —lo cual no creo ni me interesa evaluar— la segunda resultaría sin duda
falsa. ¿Cómo podría ser excelente el estilo de una persona ignorante, si ellos,
que se consideran ignorantes, carecen por completo de estilo? ¿Hemos de
abandonarlo todo al azar y renunciar a toda posibilidad de razonamiento?
La
escisión entre razonamiento correcto y de la prosa refinada y clara, irrita
sobremanera a nuestro autor.
11. Hoy se desprecia la elocuencia como si fuera una cualidad
impropia de un hombre culto. Es más, en la actualidad solo se valora al
filósofo que se expresa con torpeza, que balbucea ideas inconexas y que, como
dice Cicerón[20], parece que se es más
sabio cuando uno suspira o mueve de forma extraña las cejas. Se olvidan de que
Platón era sumamente elocuente y de que Aristóteles, por mencionar un ejemplo,
era afable y sencillo. De hecho, son estos mismos críticos quienes han
propagado la idea de que era un pensador enigmático[21].
Con tal criterio, se distancian y siguen un camino opuesto al de su propio
líder, argumentando que la elocuencia constituye un obstáculo y es una lacra para
la filosofía. Sin embargo, Aristóteles mantenía una postura radicalmente
diferente: consideraba la elocuencia un ornamento sublime y dedicó importantes
esfuerzos a vincularla con la filosofía, motivado, según dicen, por el
reconocimiento alcanzado por el orador Isócrates. [22]
Ante
esta paradoja, el humanista despliega una refutación implacable: si la
ignorancia y la carencia de estilo van necesariamente unidas —como sostienen
sus críticos respecto a sí mismos—, resulta lógicamente imposible que un
ignorante pueda alcanzar la excelencia expresiva. Esta argumentación ad
absurdum no solo revela la inconsistencia teórica de sus adversarios, sino
que defiende implícitamente la unidad indisoluble entre forma y contenido,
entre elegancia estilística y profundidad intelectual.
El
último punto que me gustaría destacar es la vinculación que establece Petrarca
entre doctrina y mejora personal. Petrarca quiere ante todo llegar al corazón
del hombre y no, como hemos dicho, a la perfección del hombre. Por eso reflexiona
sobre las limitaciones intrínsecas del conocimiento humano, considerándolo
insignificante tanto en comparación con la sabiduría divina como con nuestra
propia ignorancia. Paradójicamente, sostiene que el verdadero autoconocimiento
y la conciencia de las propias imperfecciones son mejor comprendidos por los
más sabios.
En
contraste, critica duramente a sus detractores, quienes se regocijan en sus
errores y se envanecen de su ignorancia, creyéndose equiparables a la sabiduría
angélica cuando ni siquiera han alcanzado los límites del saber humano. Para
algunos de estos críticos, el déficit no es parcial sino total, careciendo
completamente de la humildad intelectual necesaria para el verdadero
conocimiento.
32.
Por otra parte, me cuestiono cuál es la extensión y calidad de la capacidad de
conocer que nos ha sido otorgada. Cuán poco vale el saber humano, sea el que
sea, no ya comparado con la ciencia de Dios, sino incluso con la propia
ignorancia. Me atrevo a afirmar que el conocimiento de sí mismo, el valor dado
a las propias imperfecciones y el consuelo mencionado son mejor comprendidos
por los más sabios e inteligentes. ¡Qué felices, sin embargo, se ponen mis
jueces cuando se equivocan, pues ellos no necesitan el consuelo de la
autocrítica! Se vanaglorian de su error e ignorancia, creyéndose que están al
nivel de la sabiduría angélica, cuando en realidad ni siquiera han alcanzado la
cumbre del conocimiento humano. A algunos les falta no ya poco, sino todo.
El
diálogo que estableció Petrarca ente la sabiduría grecorromana y la tradición
cristiana medieval fue el principal medio con el que enriqueció la apologética
cristiana y deshizo los postulados del cientifismo averroísta traspasando así
el ámbito del pensamiento teórico y enseñando lo que considera fundamental,
cómo comportarse como un hombre bueno. Haciendo uso de una ironía mordaz que
aprende de los clásicos como Cicerón o Salustio y de los apologistas cristianos
como Agustín, cuestiona el ambiente cultural de su tiempo, empleando como
recurso principal el desprestigio de sus interlocutores y reivindicando el
papel de la antigüedad romana, la exaltación de la poesía y la elocuencia, la
supremacía de la filosofía moral y la concepción de la piedad como fuente de
verdadera sabiduría. De este modo y con sutil ironía, desarticula los
fundamentos averroístas y cientificistas que sustentaban las acusaciones en su
contra. Al rememorar los lugares en los que se forjaron sus convicciones
intelectuales, menciona igualmente a personalidades destacadas cuya amistad
cultivó y que influyeron en su desarrollo académico recalcando el respaldo que
estos personajes de reconocido prestigio le brindaron.
La
ciudad de Venecia representa para él imagen de la decepción. Había imaginado, y
así había escrito en la tercera de sus Epístolas Seniles, que Venecia
sería la ciudad en la que, alejado de las instituciones académicas y de los
círculos económicos, podría vivir, con tranquilidad, paz, libertad y justicia.
Esta ciudad poderosa en fuerza, pero más en virtud, le permitía su trabajo de
lectura, de escritura y de conversación que tanto le placía. Podría en ella
gozar del tiempo, el silencio y el recogimiento que permiten cultivar el
pensamiento, siguiendo la máxima de Cicerón en las Tusculanas (V, 38, 111): «Docto
uiro, uiuere est cogitare». Este final tan desagradable parece haberle
entristecido sobremanera y de ahí que haga extensivo a la ciudad el reproche
dirigido a sus cuatro
Petrarca
supo utilizar el género de las invectivas como un modo de dar a conocer sus
propios valores morales e intelectuales. De hecho, él pasó a la posteridad
mientras que sus oponentes fueron relegados al olvido. Una vez publicadas, sus
invectivas ejercieron una influencia considerable en varias generaciones de
humanistas. Tanto por su forma como por su contenido fueron fuero consideradas
obras maestras dignas de imitación para la generación posterior.
Terminamos
con un texto que lo resume todo:
18. La mayoría de estos
datos son falsos, como se evidencia al traer los animales mencionados a esta
parte del mundo. Y aunque no siempre sean imaginarios, lo cierto es que quienes
hablan de ellos no los han visto personalmente, y cuando algo no se conoce de primera
mano, las afirmaciones no pasan de ser meras creencias o simples inventos.
Además, aun cuando todo lo que exponen fuera absolutamente cierto, este tipo de
conocimiento carece de toda relación con la felicidad. Porque, ¿de qué sirve
conocer tantos detalles sobre la naturaleza de bestias, aves, peces o
serpientes, si ignoramos o menospreciamos el estudio de la naturaleza humana,
si no nos interesa comprender para qué hemos nacido y hacia dónde nos
dirigimos?
[1]D. Boccassini .(2007). ‘I sogni di
Aristotele e l'ombra di Dante: riflessioni sulla fenomenologia della visione
nel De ignorantia di Petrarca. Italica, Vol. 84. No. 2/3:137-161.
[2] A. Beccari. (2016). ‘A eloquência
do vernáculo na aurora do humanismo’. Estudos linguisticos e literarios, 55:
250-269.
[3] Para evitar referencias repetidas,
consultar la introducción y la bibliografía de Francesco Petrarca, De su
ignorancia y la de muchos. Cypress, 2025.
[4] Petrarca: su vida, su obra, su
tiempo (I) Francisco Rico. Conferencias en la Fundación Juan March. 11/01/2011.
https://canal.march.es/es/coleccion/petrarca-su-vida-su-obra-su-tiempo-i-petrarca-su-vida-su-obra-su-tiempo-i-21975
[5] Conviene señalar que gran parte de
lo que conocemos sobre Petrarca procede de su propia obra, lo cual exige cierta
cautela crítica: sus referencias autobiográficas no siempre coinciden con datos
externos y presentan ocasionales contradicciones. Cf. la conferencia citada de
Francisco Rico y U. Dotti (1987 [1922]). Vita di Petrarca. Laterza,
Bari: 392-393.
[6]
La carta dedicatoria forma
parte de las cartas Seniles (13, 5) y aunque falta en el autógrafo vaticano,
precede regularmente a las antigua ediciones del De Ignorantia. Donato
de los Apeninos (Apenninigena) es el gramático Donato Albanzani (ca.
1328–1411), nacido en Pratovecchio en la Toscana, profesor de humanidades en
Rávena y Venecia y gran amigo de Petrarca. Tradujo De viris illustribus al
italiano. Fue tutor de Nicolas III en Ferrara, donde murió.
[7] M. Ciusa (2024), ‘Petrarca: de
hombre a nombre’. Alpha 58. http://dx.doi.org/10.32735/s0718-22012024000583577.
[8] Algunos manuscritos contemporáneos
nos dan los nombres de los cuatro amigos: el soldado (miles) Leonardo Dandolo,
el comerciante (simplex Mercator) Tommaso Talenti, el noble (simplex nobilis)
Zaccaria Contrini y el médico (medicus physicus) Guido di Bagnolo.
[9] Bosch-Veciana, Antoni. (2013).
‘Les referències a Plató en el De sui ipsius et multorum ignorantia de
Francesco Petrarca’. RCatT 38/2: 415-438.
[10] Marsh, D. Trad. (2008). Invectives.
Francesco Petrarca. Harvard university press.
[11] Moreu, X. (1999). ‘Textos y
contextos de una polémica: Petrarca y la escolástica (o los modernos)’. Medievalismo,
9. https://revistas.um.es/medievalismo/article/view/52491
Tubau Moreu, X. (1999). 'Textos y contextos de una
polémica: Petrarca y la escolástica (o los modernos)'. Medievalismo, 9.
https://revistas.um.es/medievalismo/article/view/52491
[12] Béhar, R. (2010). 'Petrarca y la
restauración de la humanitas antigua: el fragmento y el sueño de la integridad
perdida'. En P. Aullón de Haro (ed.), Teoría del humanismo. Madrid: Editorial
Verbum, pp. 409-475.
[13] El texto en español de mi propia
traducción (2025): Francesco Petrarca. De su ignorancia y la de Muchos.
Cypress.
[14] Gagliardi, A. (2006) ‘La scienza
l’ignoranza la fede. De sui ipsius et multorum ignorantia’ Quaderns
d’Italià 11.pp. 111-130.
[15] Borelli, M. (2012). ‘Quid ipsum
vere sit quod loquuntur, ignorant: las críticas de Petrarca a la escolástica
del siglo XIV’. Studium. Filosofía y Teología 30: 361-374.
[16] Herder Editorial. 'Averroísmo'.
Encyclopaedia Herder.
https://encyclopaedia.herdereditorial.com/wiki/Averro%C3%ADsmo.
[17] Riesco Terrero, J. (1960). ‘Juan
de Janduno y el Gandavense. Luz sobre una controversia histórica’. Salmanticensis
7. 2. Pp. 331-343. https://doi.org/10.36576/summa.6432
[18] Bertelloni, C. (2012). ‘La filosofía explica la revelación:
sobre el “averroísmo político” en el Defensor Pacis de Marsilio de Padua’. Patristica
et Mediaevalia XXXIII: 17-35.
https://ri.conicet.gov.ar/handle/11336/238020
[19] Tripet, A. (2004). Pétrarque ou
la connaissance de soi (Études et essais sur la Renaissance, vol. 59),
Paris.
[21]
Es frecuente esta crítica no a la filosofía de Aristóteles sino a sus
traductores.
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